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lunes, 18 de junio de 2012

Agujero Glorioso


Me llamo Tania, tengo 21 años y soy estudiante de periodismo.
La semana pasada nos encargaron un trabajo de investigación en la facultad y a mí me tocó el tema de “locales liberales” y su subcultura. Ese nombre no me sonaba de nada. Mi primer paso fue acudir a internet para ver de qué se trataba. Un local liberal es un sitio de encuentro, donde se realizan intercambios de pareja, orgías, voyerismo, etc., pero siempre desde el consentimiento de cada uno de los participantes.
Pues bien, tras unas horas de navegar por la red empapándome de las prácticas habituales y la terminología utilizada, busqué locales cercanos en mi ciudad. Encontré tres. Apunté la dirección del que me pareció más interesante, me arreglé y salí directa hacia el local cargada con mi bloc de notas tamaño cuartilla y mi bolígrafo “bic” (para mí no hay otro igual por muchas marcas nuevas que saquen).
En cuanto llegué, me di cuenta que me había formado una idea equivocada de estos locales. No son lugares “oscuros” contrariamente a lo que yo había imaginado. La gente es bastante extrovertida y permitieron que les hiciera un montón de preguntas. ¿Cuánto tiempo hace que acudís a estos sitios?, ¿Lo sabe vuestro círculo de amigos?, ¿Cómo se lo han tomado vuestros familiares?, etc.
El gerente del local me propuso enseñarme todas las estancias, a lo que yo accedí encantada. Empezamos por la zona de bar, que es donde las parejas hablan, se conocen y si todo va bien, pasan a las siguientes habitaciones. Vimos las habitaciones con camas para practicar sexo, habitaciones con todo tipo de herramientas y accesorios para practicar “bdsm” (bondage, dominación, sumisión y masoquismo). Seguimos hacia la zona de jacuzzis, donde 3 parejas se divertían de lo lindo.
En este punto, he de deciros que me encontraba un pelín excitada por todo lo que estaba viendo. Supongo que el dueño se dio cuenta, porque hacía rato que me observaba con una leve sonrisa en los labios. Llegamos al final de un pasillo que acababa en una puerta. Con un tono de pícaro (de alguien que ha enseñado el local muchas veces), me preguntó si estaba familiarizada con el término “Glory Hole” o agujero glorioso. Le contesté que no, que me parecía un nombre algo ridículo. Él se rió con ganas, y me dijo que era mejor que lo viera por mí misma, en vez de explicarme en qué consistía. Me puse un poco nerviosa pero accedí. Al fin y al cabo, de eso trata un trabajo de investigación no? Antes de entrar, me dijo que no me iba a hacer falta el cuaderno y el bolígrafo y los cogió.
Al abrir la puerta me encontré con una habitación de unos 3x3 metros con las paredes de color negro o azul muy oscuro e iluminada tenuemente. A ambos laterales había una especie de banquetas o taburetes. No había reparado en los agujeros practicados en las paredes de unos 15 cm de diámetro, posiblemente por la poca luz y también por los nervios. Estos agujeros estaban situados junto a las banquetas a una altura de unos 80 o 90 cm. Al cabo de un minuto, apareció por uno de los huecos, la polla más grande que he visto nunca. Me acerqué con curiosidad y caí en la cuenta de por qué se llama el agujero glorioso y su utilidad. Me quedé mirándola, fijándome en todos sus detalles. El miembro erecto, el glande brillante, las venas que lo recorrían y los movimientos involuntarios al compás de los latidos del corazón. No me lo pensé dos veces. La agarré con mi mano derecha y note al instante como se tensaba en respuesta a mi acción. La acaricié y empecé a subir y bajar la mano suavemente. Me senté en una de las banquetas para estar más cómoda  de forma que la polla me quedaba a la altura de la cara. Abrí la boca y la lamí con avidez, primero el glande, besándolo y chupándolo. Luego me la metí todo lo que pude y chupe con más fuerza. Desde el otro lado de la pared, se empezaron a oír unos gemidos que confirmaban que iba por buen camino. Me di cuenta que tenía empapadas mis bragas y que ahí abajo estaba muy caliente. Me incorporé para poder levantarme la falda y bajarme las bragas. Volví a escuchar un gemido, pero esta vez de impaciencia. Me senté otra vez, agarré el miembro de nuevo y lo introduje en mi boca. Mi clítoris estaba hinchado y muy sensible. Introduje mi dedo anular en mi coño y lo moví con ansia. Al cabo de unos minutos, cuando mejor me lo estaba pasando, noté cómo el miembro se ensanchaba un poco más y se ponía más duro, pero no me dio tiempo a apartarme del todo y me calló el semen por parte de la cara y en la ropa. El pene se retiró y yo me quedé jadeando durante medio minuto o así. Me levanté, me limpié con un dispensador de papel que había al lado de la puerta y salí.
Cuando cerré la puerta apareció el gerente ofreciéndome el bloc de notas y mi boli. Noté como me ruborizaba por momentos, así que cogí mis cosas y me despedí de él con la mayor rapidez que pude. Me dijo que esperaba que hubiera recopilado todos los datos necesarios para mi trabajo. Asentí casi sin mirarle y me encaminé hacia la salida. Al cruzar el umbral de la puerta de salida escuche a lo lejos la voz del gerente diciendo: volverá.
Y no se equivocaba. Esta noche pienso volver.


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